De mi infancia recuerdo la siesta y el silencio de la sala, que se me antojaba enorme. Allí mi objeto preferido era un cuadro y las horas se estiraban mirándolo. Veía un color, pero luego aparecía otro y las formas me contaban una historia nueva, aquí cerca había un camino y más atrás escuchaba una canción escapar de una ventana.
Algo parecido me pasó cuando descubrí la obra de Guadalupe Vázquez. Cada una de sus piezas tiene algo que contar y siempre es diferente a sí misma. Sólo hay que darles la oportunidad, detenerse y dejarse atrapar.
Como un Collage - Así define su vida esta artista, nacida bajo los influjos del tango, para crecer a la vera del mediterráneo y que hoy vive atrapada por el colorido mexicano. Sus cuadros han viajado para ser expuestos en México, España, Nueva York y Washington.
En su búsqueda por desaprender se enfrenta al lienzo sin dudas, y como en un salto sin red se entrega con sencillez a la revelación de los planos, al desparpajo del color y la sugerencia de las líneas.
Una cierta mirada – Es importante el nombre con que Guadalupe Vázquez “da a luz” sus piezas. Nombres sencillos, que consiguen tocar nuestra nota personal en la canción común a todos.
Guadalupe mira y nos muestra lo bello de lo cotidiano, en un simple tendedero o en la sucesión de postes en la carretera. Se confabula con los colores y nos reta cordialmente a vibrar. Toma las emociones comunes y las plasma libremente en el lienzo, moviéndose con comodidad en un mundo que roza los límites de lo figurativo y lo abstracto.
Las ciudades invisibles – La artista despliega su paleta y nos muestra con planos superpuestos y pequeñas manchas de luz, el entretejido urbano de las ciudades que nos asfixian y contienen, las miles de ciudades que habitamos a diario.
El desafío entonces será dejarse atrapar por la sensible obra de Guadalupe Vázquez y aceptar su invitación al juego de la vida.