Un altar para inclinarse
La visión “desde afuera” que tiene el foráneo, puede tener ventajas. Una de las ventajas es que su visión es nueva y la desventaja es que seguramente se pierdan algunos detalles relevantes.
El domingo 31 de octubre se realizó en la Alameda un altar de muertos en homenaje a la muerte de 112 mujeres víctimas de violencia de género en Nuevo León entre los años 2000 y 2004.
Llegué a la Alameda a eso de las 11.30; el sol se colaba por entre los árboles y a lo lejos escuchaba una banda de chicos ejecutando una animada marcha militar que no me trajo buenos recuerdos. Pero esa es otra historia.
Mientras caminaba buscando el lugar, los hombres que paseaban por allí me echaron algunas miradas semifurtivas; me hice la distraída y continué caminando. Las miradas…qué acostumbradas estamos a que nos miren, nos evalúen, nos pongan precio. Continúo caminando y me pregunto qué pasaría si en vez de hacerme la desentendida devolviera esas miradas de aprobación y de reprobación, qué consecuencias debería enfrentar; decido no arriesgarme.
Cuando llegué hasta el lugar comenzaban a instalar las cosas. Un tanto nerviosa porque apenas conocía a alguien y porque no tengo idea de cómo se hace un altar, me ofrecí a ayudar.
El concepto principal era trazar tres caminos que serían transitados por muchos zapatos en dirección al altar. Obviamente los zapatos simbolizaban a las mujeres muertas. En el altar se dispusieron diferentes elementos que representaban sus objetos queridos, al igual que tres retratos y el pan de muerto.
Sobre los caminos colocamos pequeñas tarjetas con la fecha, causa de muerte y lo principal: los nombres de cada una de esas mujeres.
Y ahí está lo interesante; los zapatos, los retratos, los collares, maquillaje, velas, pan de muerto, flores, estaban mucho más visibles que las pequeñas tarjetitas; sin embargo la gente que pasaba sabía bien dónde mirar.
Allí encontré la diferencia. Mi referencia histórica indicaba que en una intervención de este tipo la gente solía detener la marcha lo suficiente para leer el cartel principal, observar la disposición de los distintos elementos, y continuar simplemente su camino. No fue así. Para mi sorpresa las personas se detenían, miraban el conjunto, y lentamente emprendían la tarea de agacharse y leer detenidamente cada una o la mayoría de las tarjetas. No les importaba si debían ponerse en cuclillas o deletrear con dificultad los nombres.
Y yo que estoy “por fuera”, hallé un nuevo contraste: La sombra de las mujeres despojadas brutalmente de la vida; y la luz de esos seres que sencilla y respetuosamente se inclinaban a leer una pequeña tarjetita en el piso.