El fin de semana me colgué leyendo un libro con cuentos de Mario Levrero. No me acuerdo el nombre del libro ni el nombre de los cuentos, de hecho le debo eso a la chica vudú, ya me acordaré cuando llegue a casa una noche de estas.
La cosa es que Gabriel acaba de hacer un comentario similar a la sensación que me dejó leer esos cuentos. Me quedaron varias cosas como colgando, pero una de ellas fue que mientras leía me vinieron a la cabeza imágenes de cosas pasadas, escenas, cosas familiares que tenía dormidas y que resurgieron al leer.
Lo que apareció primero fue la imagen de mi madre sentada en su singer, sé que suena a foto clásica, pero tiene otros detalles. La mina había perdido el laburo de administrativa y se largó por la suya a probar suerte con el tema del diseño. Recuerdo que había conseguido, no tengo idea bajo qué condiciones, una especie de taller que compartía con una chica que laburaba de telefonista para una fletera. Ahì mi vieja se instaló, con sus telas y su máquina, y ahì empezó a armar sus chalecos de patchwork (o algo asì) que luego intentó vender en villa biarritz. El problema con ella era que no era precisamente rápida, cada chaleco le llevaba un buen y además, la gente todavìa no estaba preparada para eso: le pedían almohadones. Ta, la cosa es que leer a Mario me llevó a ese taller, una tarde de sol, mientras los teléfonos sonaban y mi vieja laburaba en la máquina y yo la ayudaba alcanzándole trozos de tela, hasta el olor a tela nueva me trajo.
La segunda imagen es de un caballo de vaivén, pero no de los tradicionales, uno que tenía resortes en las patas y estaba enganchado en una especie de pie. Era excelente para hamacarse. Creo que era de lata, no estoy segura, pero se me antojaba enorme, pintado con colores rojizos y el pelo de a de veras.
El caballo era de mi vecina Paula, yo tenía dos años y me sentaban ahì para que me hamacara. Recuerdo que me agarraba a los pelos del bicho y aunque me daba un poco de vértigo, cuando me querían bajar arrancaba con salado llanto. Lo otro que estaba bueno del caballito era el ruido de los resortes...
La tercera imagen es puramente mental, me acordé del cuento de Felisberto Hernández "Nadie encendía las lámparas", pero la imagen era solamente una cabeza, supuestamente un moño amarillo, con forma de nido de pájaro. No quise buscar el cuento para confirmar mi imagen, pero sé que la saqué de ahí: una cabeza de pelo amarillo, con ropa negra, vista desde atrás, con forma de nido.
Ahora me dio curiosidad, voy a verificar esa imagen, a ver si realmente está.