Aspiró inútilmente, algo impedía que el aire entrara o saliera. Se llevó la mano a la garganta y tocó el flaco hombro de su compañera que pareció no darse cuenta.
Agitaba su frazo frenético, como saludando, cuando un hombre encontrándola simpática, la saludó también. Mientras, los últimos rastros de conciencia la abandonaban.
Lo vio acercarse por el oscuro pasillo. Caminaba lento, mirando alrededor, la buscaba. Alguien le pidió cigarros, el vació la caja y los repartió entre los que estaban más cerca, después los encendió, uno a uno. El hombre que parecía más viejo cortó el cigarro en dos, para hacer más largo el disfrute.
- ¿Cómo estás? Dijo cuando al fin llegó con ella.
- Bien, muy bien.
- ¿Te tratan bien acá?
- Ayer nos dieron arroz con leche, estaba rico, pero Martha me sacó la mitad.
- ¿Y no te quejaste, no le dijiste a nadie?
- ¿Para qué? Shhh ¿te cuento un secreto? El otro día Arturo me llevó a bailar, la pasé lindo.
- ¿En serio? ¿Y bailaste?
- Bailé toda la noche. Fuimos al Club Naval. Tenía todas las luces encendidas, parecía de día. Yo me había puesto el vestido verde y Arturo dijo que…que…mis ojos se veían muy bonitos. Arturo es así de alto como vos, pero no tiene tus ojos, tus ojos son parecidos a los míos.
- Ah. ¿Y vos lo querés mucho a Arturo?
- Si, claro, pero se fue, se fue y me dejó sola. Pero ahora estás vos, y vos me querés más ¿verdad?
Lo miró un instante a los ojos, pero de inmediato se distrajo con una paloma que hurgaba los restos de bizcocho: su índice apoyado sobre el canino, el codo sobre la mesa, seguía con los ojos los movimientos torpes del ave.
Siguió agitando el brazo hasta que no vio nada más, quiso gritar, pero el aire no le entraba ni salía. El hombre que la había saludado, cansado del juego, siguió camino deteniéndose cada tanto a dar breves discursos que nadie escuchaba.
La misma nube de otras veces apareció de pronto y se posó en sus ojos.
- Mirá Martha, mirá. Este es mi hijo.
- A ver…qué buen mozo! Se parece a vos
- ¿Viste que si? Ayer vino a visitarme, siempre viene.
- No mientas, si yo hace mucho tiempo que no lo veo.
- Es que a veces viene de noche, porque trabaja mucho. Viene después que nos dan la pastilla, yo lo escondo bajo la cama y cuando están todos dormidos me escapo con el, pero no le digas a nadie.
- ¿Qué es eso que tiene en la mano?
- Es el casco de su moto. La otra noche me llevó a pasear, yo me agarré fuerte porque íbamos muy rápido, pero no tuve ningún miedo. Si no contás nada, otro día le voy a pedir que te lleve a vos, vas a ver qué lindo.
- Sí, ¡decile que sea mi novio!
- ¿Tu novio? No se puede, el ya tiene novia, la vi una vez, usa lentes y tiene cara de buena.
- Bueno, pero puede tener dos ¿no? Yo también quiero pasear en moto.
- Ta bien, yo le digo, pero creo que a la novia no le va a gustar.
La voz de alarma la dio Martha, quien creyó que dormía, pero cuando la sacudió y no tuvo respuesta fue a buscar a la celadora.
- Está rara, no me contesta ni se mueve…
- Bueno, ya voy, decime donde está.
- Acá nomás, en el piso.
- ¡Rápido! ¡llamen al doctor! Putamadre, ¿qué le pasó? Rugió la voz mientras intentaba subir el pequeño cuerpo sobre una cama rotosa.
- Hola. ¿Cómo estás?
- ¡Hola mijo! Hace un poco de frío.
- Me dijeron que te fuiste de fiesta por ahí.
- ¿Yo? Nooo. Sólo fui al camino a ver si venías y después quise ir mas lejos a ver si te alcanzaba, pero ellos me encontraron.
- Si, me avisaron por teléfono. ¿Sabés? Me voy de viaje.
- ¿De viaje? ¿Lejos?
- Lejísimo, a un país que se llama México, que tiene unas pirámides y comen todo con picante.
- Vos no comas mucho picante que hace mal a la gastritis.
- ¿Y qué hago si sólo encuentro eso para comer?
- No, seguro que hay otras cosas, y si no, entonces hacete arroz. Decile a tu novia que te haga arroz...a mi me gusta el arroz con leche. ¿A vos?
- Masomenos, pero si vos me lo hacés me va a gustar.
- Bueno, un día de estos te hago.
- Mirá lo que te traje.
- A ver...¡sos vos!, estás lindo. ¿Es para mi?
- Si, para vos sola, guardátela donde no te la roben.
- Mirá, me la escondo acá, así ni Martha me la va a poder sacar.
- Te voy a extrañar - Te voy a extrañar, dijo con el codo sobre la mesa, el índice apenas tocando su diente.
La nube rosa se hace más densa, de muy lejos le llegan unos gritos y de golpe el conocido y violento sacudón del electroshock, que extrañamente esta vez busca resucitarla. Alguien le mete unas pinzas por la boca, pesca el trozo de pan atragantado.
Allá a lo lejos escucha el sonido de un motor que se aleja. No, el no puede irse, le había prometido un paseo a la noche. Entonces corre a través de la nube, detrás del sonido que poco a poco se hace más fuerte.
- ¿Viste Martha? Te dije que iba a venir a buscarme.